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Periodismo para no iniciados

Retrodecer y trabajar: de verano en Tlalpan

Posted by individuodecontrol en junio 15, 2009

Portales a las tres y media, los colores chillantes de las tangas en el tianguis permanente. El asfalto es un museo de corcholatas, conjuga el presente y el pasado de una colonia que cuenta historias en sus calles.

Los comerciantes rompen con la armonía de la histeria colectiva. En las sombras deliran los locos de siempre, los morenos resentidos, la vendimia frustrada, los perros jadeosos. El verano en Tlalpan es lúbrico y burlón, disimulado y pasional. Lo demás es sucio y gris.

El viene viene lo ve todo, lo sabe todo. Involucra el pretérito del semáforo con el futuro silbido que anuncia el roce de un auto con otro. El viene viene conoce las calles, de Tlalpan a Rumania y de Santa Cruz a Eje Central, vive las calles, la lejanía, el desvío y el dolor vivo, expone su cuerpo al cauce mortal del arroyo vehicular.

La franelera tiene una fascinación convulsiva por ordenar los autos, por el incesante “viene viene viene golpe avisa”. Al mismo tiempo levanta su pañuelo al cielo, se mueve como cangrejo hacia la banqueta y acelera los latidos del conductor.

El aspecto gentil de la señora se agradece sin experimentar palabras con ella. Con la tarde y el sopor de las horas, la franela roja es un actor anacrónico más. Las corcholatas aún, lo sienten todo.

En el bazar del Palomo se cantan las polkas chilangas. El negocio estaba frenético. Entre Calzada de Santa Cruz y la cerrada de Libertad se bebe y se consigue de todo: “lo que tenga jefe, lo que quiera, se vende, se compra, nomás pregunte sin compromiso”.

El Bazar del Palomo es un hoyo negro de antiguedades, autopartes, estéreos, espejos, adentro y afuera la fiesta. Al fin que en la calle de Rumania el negocio y el cliente no importan. Y las corcholatas lo escuchan todo.

En la Portales hay una pesadilla que sigue despierta y anda por las calles, por el aire y por las azoteas. Nadie escapa a las escenas de obra negra: obscenas. La metrópoli del mundo y el mundo de las metrópolis eleva al albañil al cielo, construye vertical, urbaniza y crea espacio pseudohabitable. Concreto perpendicular, el Bazar del Palomo y cientos de franeleros conviven en perfecta armonía con los anuncios de venta-renta. Y las corcholatas se callan, estáticas, como en un museo.

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